Notas

EL SOBREPESO NACIONALISTA

¿ADÓNDE VAN LOS ESTUDIOS DEL NACIONALISMO?

Juan Fernando Segovia

 

No hace mucho me pidieron que presentara un cuaderno de estudios del nacionalismo en Hispanoamérica. Como hacía unos años había sacado el tema de la esfera de mi atención –ocupado más en la filosofía política que en la historia política-, me tomé un tiempo para empaparme de las novedades y no poca fue mi sorpresa al advertir que los estudios acerca del nacionalismo –europeo e hispanoamericano- están creciendo de manera inexplicable.  Hace tiempo que al fenómeno se le decretó su defunción en razón de lo que, se dice, es un cambio trágico o venturoso, según se mire, en nuestra cultura: la globalización y la mundialización de los valores; la liquidación o al menos la evaporación de los Estados; el ascenso de la posmodernidad que disuelve las sólidas estructuras; la nueva ola de un individualismo liberal que impone un estándar tomado de la americanización de la vida; y un largo etcétera.

Filosofía de ficción, nacionalismo de veras

La filosofía política hodierna –no más avispada por ser la del día- nos ha venido advirtiendo y educando respecto de un mundo en el que se disuelven las identidades, un mundo de identidades cambiantes, que afecta de manera singular las nacionalistas, que por definición son identidades cerradas y fuertes. Si todavía se perciben vestigios del nacionalismo en algún rincón del planeta, se da por descontado que el fenómeno está en franco retroceso ya que se profetiza que el tren de la historia terminará por fulminar todas las rémoras del pasado. En todo caso, como imaginó Francis Fukuyama hace tres décadas, el nacionalismo subsistente se convertirá en un problema circunscripto y controlable por la democracia poshistórica.

Al leer la literatura más actual sobre el nacionalismo en Hispanoamérica me llevé una impresión contraria: podría ser –comencé a barruntar- que a pesar de todo sea el nuestro uno de esos «grandes espacios», a lo Schmitt o lo d’Ors, que ofrece resistencia a la desnacionalización, porque por estos rincones del planeta parece que no nos llevamos del todo con ese cambio dramático, o que nos llevamos decididamente mal con la globalización. No son pocos los que desde hace cuando menos medio siglo vienen señalando que el nacionalismo es una suerte de «quiste» incrustado en las mentalidades y las estructuras iberoamericanas, una «piedra» que a diario exhibe una capacidad de adaptación y de metamorfosis a los nuevos tiempos, que no se puede sacar de la vesícula. Es como si nuestros Estados jugasen al «gatopardismo»: cambian para que nada cambie; como si nos pusiéramos las ropitas a la moda para seguir pensando como antes, chapados a la antigua, en lo que no poco tiene que ver que los nuevos amigos –como los americanos del Norte- son nuestros eternos enemigos.

La novedad del nacionalismo hispanoamericano 

Ahí están los libros –de los que menciono solamente algunos, los más relevantes- que demuestran que el nacionalismo no ha muerto en Hispanoamérica: el de Sofía Correa, Con las riendas del poder: la derecha chilena en el  siglo XX, de 2011; otro también sobre Chile, ahora de José Díaz Nievas,  Patria y Libertad. El nacionalismo frente a la Unidad Popular, de 2015; el de Michael Goebel, La Argentina partida. Nacionalismos y políticas de la historia, de 2013; sobre la Argentina también el que dirigiera Marcelo Ramón Lascano, Política e historia en Julio Irazusta, de 2012; el coordinado por Carlos Taibo Arias, Nacionalismo español. Esencias, memoria e instituciones, de 2007; el editado por Gonzalo Portocarrero,  Perspectivas sobre el nacionalismo en el Perú, de 2014; etc.

Pero además hay una innumerable cantidad de artículos de diverso valor que se apoyan en la observación de la realidad cotidiana. Bolivia, Venezuela, o Ecuador presentan el injerto del nacionalismo en el neo-populismo de izquierda (revuelto con los indigenismos), fenómeno que se ha repetido también en Brasil, Perú o Argentina, y que han estudiado Julio Aibar Gaete en Vox Populi. Populismo y democracia en Latinoamérica, de 2007, y Martha Lucía Márquez Restrepo,  Eduardo Pastrana Buelvas y Guillermo Hoyos Vásquez en El eterno retorno del populismo en América Latina y el Caribe, en 2012. Parece que el historiador Eric Hobsbawm tuvo razón cuando remarcó que el interés académico por el nacionalismo está ligado a que es un «asunto de urgente interés político», es decir, un inevitable obstáculo en el camino a la libertad marxista o democrática, la piedra en la vesícula.

La historiografía del nacionalismo

La recurrencia del nacionalismo –el atavismo nacionalista hispanoamericano- ha llevado a indagaciones cada vez más lejanas en el tiempo. Lo digo en un sentido historiográfico, esto es, que existirían en el pasado colonial e independiente tendencias nacionalistas, discursos e ideologías nacionalistas, tradiciones y hábitos nacionalistas que fueron el campo de cultivo del nacionalismo de derechas que en casi toda Hispanoamérica explotó en el período de entreguerras del siglo pasado.

Ese nacionalismo de las décadas del 20 y el 30 del XX produjo una primera escuela historiográfica que trató explicarlo a partir de los acontecimientos y las ideologías que le eran coetáneos. Así, el nacionalismo se apareció como hijo dilecto del fascismo, el producto de una cultura vitalista, existencialista y voluntarista que, habiendo perdido la confianza en el progreso de la historia, se opuso violentamente a la tradición liberal republicana constitucionalista. Era un nacionalismo reaccionario antiliberal, integrista, antidemocrático aunque poseyera un aliento romántico y usara el traje liberal. Ese primer nacionalismo fue el vástago de una crisis política y cultural específica del período de entreguerras, el bastardo, la oveja negra de la familia.

Para la década del 50 del aquel siglo ese contexto que propició el surgimiento del nacionalismo de derechas había desaparecido, pero no el nacionalismo. Una segunda escuela historiográfica trató de buscar más atrás las razones de ese atavismo hispanoamericano. Los historiadores liberales –y también algunos izquierdistas- reflotaron la leyenda negra pretendiendo que en tiempos de la colonia se había formado una tradición fuertemente contradictora de los ideales republicanos y liberales. ¿Quién no reconoce aquí las ideas de un François-Xavier Guerra o de un Tulio Halperín Donghi?

De esto se dedujo que un cierto nacionalismo estaba cincelado en los procesos de formación de los Estados independientes, es decir, en el andar revolucionario independentista de las repúblicas de Hispanoamérica.  Si había un nacionalismo originario en los nuevos Estados liberales, debía seguirse su desarrollo a lo largo del siglo XIX.  A la hora de explicarlo hubo dos grandes direcciones; según unos fue un recurso de las elites para justificarse a sí mismas con el invento de una tradición nacional (un nacionalismo ficticio, como el Mitre); para otros fue un discurso defensivo de los gobiernos y las clases dominantes para preservar la independencia nacional amenazada, por ejemplo, por la inmigración (el nacionalismo xenófobo de Cané o Pellegrini).

El nacionalismo se descubrió, entonces, como un fenómeno general bastante arraigado en las historias de nuestros Estados, tan general como el liberalismo republicano que combatía (entiéndase: que combatía el primero, pues este otro lo apañaba) y hasta más enraizado que el republicanismo liberal. Una mentalidad o un estado del espíritu, eso era el nacionalismo, que por hereditario se había hecho familiar.

Sea como fuere, ambas escuelas historiográficas recurrían, si bien no siempre, a un esquema explicativo semejante pues confiaban en que la historia tenía el sentido de un progresivo liberalismo que en su inevitable avance establecería la república verdadera, consagraría las libertades que siempre prometió, alcanzaría el desarrollo económico definitivo y haría realidad el ideal de una humanidad hermanada y unida. El nacionalismo era para ellas el enemigo de todas esas nobles aspiraciones, de nuestro «destino manifiesto», en palabras de Tulio Halperín.

Casi al mismo tiempo, es decir, simultáneamente, una tercera escuela historiográfica comenzó a percibir que el nacionalismo dejaba de ser un fenómeno de las elites liberales o reaccionarias para acercarse a los movimientos populares. Lo atávico vino a ser también proteico en el sentido que el viejo nacionalismo tenía ahora otras varias formas. El pueblo devenido protagonista soberano de la política de los Estados nuevos pasó a ser el sujeto principal de un nacionalismo nuevo también, porque ya no era antipopular sino populista y democrático, más derechamente: popular, como lo celebró Ricardo Pérez Momfort en sus Estampas del nacionalismo popular mexicano: ensayos sobre cultura popular y nacionalismo. Inclusive se sostuvo que el nacionalismo se había convertido en un hecho de masas, ya asociado a las derechas, horroroso remedo de los fascismos nacionales –como en Brasil, Venezuela o Argentina-; ya adoptado por las izquierdas –como en Perú, Chile, México y otra vez Argentina-, esto es, las izquierdas nacionales que invadieron los estudios en los 70 del pasado siglo.

Aquellos viejos nacionalistas, los primeros, habían sido casi siempre reaccionarios; después se descubrieron las vetas nacionalistas en los liberales; los de ahora, los populares, se presentaban como una vía a la modernidad. Si en el gobierno, el nacionalismo podía jugar a una política pacifista sin renunciar a un cierto reformismo; si en la oposición, apostaba a la insurrección civil o militar, con orientación revolucionaria o restauradora según los casos. Si excluido del sistema por la oligarquía, no se resignaba y apuraba el retorno del pueblo al poder incluso con las armas. Se descubrió que no pocos movimientos guerrilleros de los 60 y los 70 del siglo XX no eran internacionalistas sino nacionalistas. Este nacionalismo de izquierdas, superador del nacionalismo pequeño-burgués, aspiraba a representar el papel de un «ejército de liberación nacional», como tantos grupos usaron como emblema.

Explosión e implosión del nacionalismo

El cuadro ha quedado casi terminado. En los días que corren el nacionalismo se ha vuelto para los historiadores un interés historiográfico siempre renovado por multifacético, un objeto de estudio inagotable y prácticamente inabarcable. Mentalidades y ficciones, ideas y folclore, ideologías y discursos, estructuras y costumbres, gobiernos y movimientos, tropismos y exotismos, todo esto y aún mucho más puede ser nacionalista y sujetarse a la indagación de las palabras y las prácticas, las rutinas y los devaneos de la mente. La enorme masa de trabajos producidos con motivo del bicentenario de las revoluciones independentistas lo confirma.

Pero el festín comienza a ser estropeado. La dilatación exagerada del objeto –el nacionalismo obeso como un gato castrado- ha quitado certeza a la investigación histórica y banalizado la materia estudiada. Si el primer nacionalismo era algo preciso y determinable –la reacción antiliberal-, el que se ha construido contemporáneamente casi no tiene límites. Un simple listado de los objetos nacionalistas servirá para acreditar lo que digo. Hoy día se asocia estudios de género y nacionalismo;  se vincula el nacionalismo y el arte, dando lugar a la literatura y la música, la arquitectura y la estética nacionalistas; emerge el nexo entre nacionalismo e indigenismo, o más ampliamente los etnonacionalismos; el nacionalismo se inmiscuye en lo culinario y aparece una concepción nacionalista de las bebidas y las comidas nacionales; brota masivamente el examen de la imaginería y la simbología nacionalistas: himnos y banderas, enseñanza y pedagogía, y los ámbitos en los que se las celebra: escuelas, iglesias, tugurios, plazas; en política, abundan los estudios de nacionalismo y separatismo, en las más diversas expresiones de federalismos, autonomías o regionalismos; permanece el nacionalismo lingüístico vinculado al político; se ha introducido el nacionalismo y los deportes, como son los seleccionados nacionales; también el turismo se vuelve una práctica gubernamental nacionalista; etcétera.

Y ya se sabe que quien mucho abarca… Es verdad que el historiador puede –incluso debe- acotar el campo de su estudio. Las primeras escuelas historiográficas del nacionalismo se habían centrado especialmente en la historia política y de las ideas. Hoy, sin embargo, parece difícil tarea la de la demarcación. Tengo la impresión que la gordura nacionalista viene a consecuencia de que la historia ha sido ganada por otras ciencias (de modo singular por la sociología y la etnografía, pero también la lingüística y la politología) y se ha prendado de teorías novísimas (como la del género, el deconstruccionismo y otras) que parecen están desfigurando el cometido de la investigación histórica y el papel del historiador.

Es cierto que esto es harina de otro costal, que aquí y ahora no corresponde tocar. Pero me permito una observación final. La inflación del nacionalismo conlleva un exceso de peso que acabará aniquilando el cuerpo. Y el cuerpo sin alma deja de vivir. El historiador se convertirá en forense, que es lo que los primeros y segundos estudiosos del nacionalismo anhelaron, la muerte de la odiada enfermedad. Quiero decir: mientras ello matan el cuerpo con sus nuevas medicinas, dediquémonos a rescatar el alma, a preserva el espíritu que le ha dado forma a ese cuerpo.

Mayor Drummond, junio de 2018

 


 

LOS JUICIOS HISTÓRICOS

Hernán Capizzano


Es muy difícil sustraerse a la tentación de enjuiciar situaciones históricas, personajes o acontecimientos que han dejado marcas casi indelebles en la memoria de un pueblo. Es de uso corriente tomar este o aquel hecho puntual y hacer del mismo la totalidad de una situación o proceso que en realidad, si hemos de cuantificarlo, quizás no sea más que un uno por ciento de la influencia que hubiese podido tener. Por ejemplo, qué influencia pudo ejercer un Alejandro VI, pontífice romano, como padre de uno, dos o tres hijos, relacionado con el espíritu de aquella “donación” que leemos en la Bula Inter caetera mandando evangelizar los territorios descubiertos, entre otras cuestiones puntuales. Sin duda que aquella paternidad podría tener relieve en una historia de la vida cotidiana en la corte romana de fines de siglo XV o de la corrupción moral en los ámbitos eclesiásticos. Pero punto. Ahora bien, si el estudioso toma este hecho moral y lo convierte en una fuerza totalizadora de su análisis puede inducir a la falsedad de miras en referencia a ese documento que es la bula mencionada. Nada más injusto.

Ese mismo y falso análisis está de moda en nuestros días. Como si la conducta moral en la intimidad pudiese ser medida a siglos o décadas de distancia. Como si pudiese ser tomada cual vara de medida y llevarla a la más increíble y burda categoría analítica. Una torpeza semejante es presentada como “prueba contundente”, como “argumento irrefutable”, como “verdad dogmática”. Más cerca de nuestra realidad contemporánea juicios morales inapelables han sido ejercidos hacia personalidades polémicas o discutidas de nuestra historia. Queda a un lado la serenidad del análisis y sin rubor alguno se emiten las sentencias más inmisericordes que puedan leerse. Toda la obra, más o menos buena o mala de un jefe de Estado puede quedar borrada de un plumazo sometida a un examen de su intimidad moral. Lo mismo sucede cuando tomamos actos parciales de un personaje histórico, los recortamos, retocamos y presentamos como una postal indiscutible de época.


Si nos adhiriésemos a ese nivel de análisis nada nos quedaría. Gobernantes defensores de la soberanía caerían por sus amoríos imparables; valientes guerreros se volverían los más degenerados bellacos; importantes historiadores verían su obra maestra afectada simplemente por mancebas de ocasión. Y así podríamos seguir la lista.

Al referirse a estos temas hacia mediados del siglo pasado, Julio Irazusta podía reflexionar que los hechos que acusaban cierto nivel de crueldad en Rosas podían ser en gran parte verídicos. Seccionados de un cuerpo, amputados del contexto, presentaban un juicio inapelable. Esta aberración para el estudio de la historia no tenía en él cabida alguna: Rosas, en su tiempo, inmerso en el contexto regional y mundial, no llegaba a los talones de infinidad de estadistas para quienes la vida humana era un simple juego de guerra y exterminio[1].

El mismo Irazusta, al referirse a la biografía de Hipólito Irigoyen escrita por Manuel Gálvez, elogió el criterio político elegido por este último para arquitectura de la obra. Se preguntaba a su vez si era posible llegarse a un Irigoyen dejando en un segundo plano su condición de político[2]. Agregamos nosotros que podría haberse escrito su obra con el material panfletario que nunca falta: amoríos, senectud, bajezas, etc. Inclusive tomando recortes de su obra y ejerciendo los mencionados juicios determinantes e inapelables: un gran defensor de la soberanía o un continuador de la estructura económica agroexportadora.   

No. No es en los juicios morales, que por otra parte muchas veces son inventos de los enemigos del momento, donde se ven los resultados de una obra, de un proceso, de un gobierno, de una etapa. Estancarnos en una categoría semejante sólo causa la tristeza que se codea con la ignorancia, la pobreza intelectual y la incoherencia.



[1]Irazusta, Julio. Ensayos históricos, La Voz del Plata, Buenos Aires, 1952, p. 16-17.

[2]Irazusta, Julio. El “Irigoyen” de Manuel Gálvez, en ibid., Estudios Histórico-Políticos, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1974.


 

ALGUNAS PUBLICACIONES NACIONALISTAS

(1966-1982)*

Jorge N. Ferro

 

En el programa del presente congreso está prudentemente previsto tratar en particular dos revistas, a saber Azul y Blanco y Cabildo, que cubren parcialmente el período que trataremos de considerar, una hacia el comienzo y otra hacia el final. De todos modos, la fecundidad nacionalista en este sentido hace que no resulte fácil agotar la cuestión en un tiempo razonable, a no ser limitándose a una prolija enumeración de datos: títulos, nombres propios, fechas, etc. Pero nos resulta más tentador, antes que una tarea de archivo de suyo muy interesante y valiosa, el intento de recuperar la mirada de un joven de fines de los sesenta y comienzos de los setenta, que buscaba con avidez aquello que no encontraba en otra parte: ese aire de Patria y de Dios con un estilo claro y desafiante, tan distinto del adocenado lenguaje al uso por entonces, que dominaba y asfixiaba. Como ahora, pero con inflexiones diferentes. Estaba este mundo todavía, como nos enseñara Aníbal D’Angelo, en el tiempo de “las grandes ilusiones”. Una euforia triunfalista nos prometía el oro y el moro en el mundo y en la Iglesia. Y uno buscaba algo sólido donde el alma pudiera hacer pie. Y allí, como David frente a Goliath, había un puñado de revistas pobres, que tenían el encanto irresistible del caballero que sabe luchar por una causa mundanamente perdida. Así lo veía yo por entonces.

En su novela Colonia corrupta (Mendoza, Círculo de Amigos, 1984, p. 92-98) Javier Pacheco presenta una lista de publicaciones nacionalistas. Casualmente las tres de que nos ocuparemos con más detenimiento no figuran, y otras dos que mencionaremos tampoco. El protagonista de la novela (JC) prepara para un sobrino “un recuento del material édito que advierte en la biblioteca cercana”: y allí aparecen Verbo, Moenia, Cabildo, etc. Luego va más atrás, desde La Nueva República hasta Azul y Blanco. Un trabajo de recopilación importante que no podrá obviarse en un estudio exhaustivo. Pero Javier Pacheco no se limita a enumera, sino que la vista de todo ese material le suscita una reflexión que merece considerarse para no esquivarle el bulto a nuestras limitaciones:

“JC cavila en las aporías que plantea la suerte del Nacionalismo cristiano en la Argentina. En las intransigencias doctrinarias, en los maquiavelismos de las conductas, en las polémicas acerbas, en los silenciamientos odiosos, en los desencuentros y en las querellas personales y en las capillas hermética. También: en las tentaciones regiminosas, en los excesos del clericalismo, del populismo, del aristocratismo, del militarismo, del economicismo, del sentimentalismo, del pedagogismo,del angelismo, del activismo, del sectarismo, por fin. En esos atajos simplificantes, aclamados con euforia momentánea, y que terminan en la aridez de las vías muertas. En una frondosidad intelectual adjunta a una voluntad exánime. Abulia: enfermedad típicamente argentina, que a él, como a tantos, aqueja”.

Pero nosotros leíamos, inundados de entusiasmo y sintiendo que nos aferrábamos a un hilo delgado pero fuerte y firme. Y leíamos por esos años revistas que evocaremos ahora con pocos trazos, sin nombrar a todos sus colaboradores, pero tratando de recrear aquel clima espiritual. Revistas diversas entre sí, con ópticas y temperamentos diferentes.

Revistas como Ahijuna, por ejemplo, dedicada en especial a historia y literatura nacional. El Director era Fermín Chávez n.º.1: diciembre de 1967; n. 7: septiembre de 1968). Colaboran entre otros Luis Soler Cañas, Pedro de Paoli, Alejandro Sáez-­Germain, etc. Recordamos poesías de Castellani y Anzoátegui. No mencionamos autores por su importancia, sino porque recordamos lo leído entonces. Una excelente presentación y una factura más que digna. En otro lugar del espectro de ideas no nos perdíamos Ulises. Revista dura, agresiva, muy preocupada por el fenómeno neomodernista en la Iglesia. En número 1 aparece en mayo de 1965, y la recordamos aproximadamente hasta el 68. En 1967 por ejemplo aparece un Consejo de Redacción integrado por Nerio Bonifati, Carlos César, César Augusto Gigena Lamas, Carlos P. Mastrorili, Eduardo V. Ordóñerz, Facundo Varela. Traducciones: Sylvia Zuleta. Editor: Antonio Rego. Recordamos las ágiles secciones de chimentos: Oido en Itaca, Cipayitos rellenos, y grandes trabajos de Rubén Calderón Bouchet y el infaltable Castellani. Reaparece en junio de 1972 con Alvaro Riva como Director. Escriben Julio Irazusta, Marcelo Lascano, Domingo Demaria (R. R. Aragón), entre otros.

Variedad que llega hasta el distanciamiento, que ahora podemos medir y evaluar, pero con la fácil “sabiduría del después”. Los tonos de las polémicas eran agrios, pero por lo mismo atractivos para un joven. Después vinieron dos a las que podríamos englobar como “pre-Cabildo”, y que esperábamos con ansiedad en los quioscos, temblando porque no dejaran de aparecer: Tiempo Político y Vísperas.

Tiempo Político: Número 1: 16 de septiembre de 1970 y Número 7: 16 de diciembre de 1970. Director: Ricardo Curutchet. Secretario de Redacción: Víctor Tomás Beitía. Colaboran entre otros: Leonardo Castellani, Bernardino Montejano, Ignacio B. Anzoátegui, Francisco Seeber. Aparecen cosas de. Bardeche (Horizonte setenta) y Julio Meinvielle. Dibuja Ballester Peña. Son los tiempos de Levingston y de Lanusse. Dos años después le seguirá Vísperas. Serán ya tiempos más violentos y angustiosos: Vísperas sale de su Número 1 (10 de mayo de 1972) al 6 (19 de julio de 1972, donde se da noticia de la reaparición de Ulises). Su staff era el siguiente: Director: Roberto H. Rafaelli. Subdirector: Luis María Bandieri. Secretario de Redacción: Víctor T. Beitía. La Crónica nacional la hacía Ricardo Curutchet. Nos llamaba particularmente la atención la sección Totus Revolutus, de la pluma de Bandieri, por su ingenio desenfadado y brillante, que ponía tantas cosas en su lugar, y que nos proporcionaba el gozo de ver el costado ridículo de tantos males que amenazaban con llevarnos a una tristeza sin otra salida que lamentarnos. Había quien decía aquello que intuíamos pero que no llegábamos a formular. Lo mismo valía para la crítica de libros y de cine. Inolvidable el comentario de Hugo Esteva acerca de Heroína, una película de Raúl de la Torre, con Graciela Borges, de la que la intelligenteia se hacía lenguas. Encontrábamos allí ánimo y consuelo, el sentirnos entendidos y expresados. La contratapa, a veces a color, traía textos históricos fundacionales del nacionalismo. Como cifra de todo esto, podríamos releer su editorial presentación del primer número, donde se decía:

“Al final, viene a resultar que todos estábamos de acuerdo, que todo no había sido [sino] un pasajero malentendido. Los acérrimos enemigos de ayer tienden a confluir blandamente en una nueva concordancia urdida por el régimen.

“¿Que la pobreza aumenta? Mala suerte, ¿Que la economía se desintegra? Tanto peor. ¿Que la cultura refleja el nauseabundo declinar de las metrópolis? Bueno. ¿Qué el terrorismo golpea más alto y más duro? En fin. ¿Que se anuncia, incluso, la disolución física del país? Mala suerte: ajeno a las exigencias del riguroso mundo actual, de espaldas a las leyes de la vida, un poder irónico –acaso demente- borda grotescamente la candidatura oficial sobre la tela podrida de los viejos partidos. El Estado argentino, al servicio de semejantes fines, es herido de muerte desde adentro. Ya es mucha burla ésta. Tiene que haber alguien que tenga la mala educación de disonar, alguien dotado del deplorable mal gusto de señalar la desnudez –la repugnante desnudez- del Emperado.

“Para eso ha nacido Vísperas. Para plantear la Oposición Nacionalista -contra las viejas mentiras redivivas, contra la injusticia, contra la entrega, contra los pequeños ideólogos del marxismo-, y para anunciar la Revolución Nacionalista, que debe su tradición histórica a la cultura mediterránea, su vocación por la justicia a su contenido social, y su fe al Catolicismo.

“Porque en el actual contexto de absoluta confusión, las viejas consignas recobran toda su autoridad y es un imperativo cincelar, con claridad y con dureza, el estilo preciso que albergue el germen del orden nuevo.

Pero aun antes, sobre el filo mismo del período considerado, salió Jauja. Es decir, Castellani haciendo él una revista para decir lo que se le antojara. Jauja, duró exactamente tres años, a un número por mes, con algunas entregas múltiples (números dobles o triples). Número 1: Enero de 1967: Número 36: Diciembre de 1969. Gobierno de Onganía, plena efervescencia posconciliar, gestación de la guerrilla. Castellani hace una suerte de testamento periodístico. Pero algo más. Castellani crea lo que hoy feamente se diría “un espacio para el diálogo”, o para el debate. Prácticamente todas las expresiones del Nacionalismo, todos los matices y temperamentos, en un arco muy amplio, encuentran cabida en sus páginas. Pueden convivir, por ejemplo, tesis audaces como las que expone Bruno Jacovella en El nacionalismo desnacionalizado o revisión del revisionismo, en los números 4, 7, 10 y 13, con el profundo trabajo de Federico Mihura Seeber, Social-Cristianismo y Nacionalismo (n. 5, mayo 1967, p.19-22).

Entre quienes escriben podemos contar a Baldomero Sánchez, Julio Meinvielle, Luis Soler Cañas, Amancio González Paz, Alejandro Sáez-Germain. Y muchos más, de valor desparejo por cierto, algunos (hoy) sorprendentes. Colabora desde Europa Alberto Ezcurra bajo el pseudónimo de Ignacio Arteaga. La revista cuenta con secciones fijas y semifijas. El Directorial yuna suerte de crónica del mes llamada Periscopio desde el n. 3 hasta el n. 35 (noviembre de 1969) en que cambia por Perriscopio, pues Periscopio se llamó entonces la sucesora de Priman Plana. (En el n. 2 aparecía bajo el título De 10 a 10). Comentarios de libros (Leído para usted), poesías (no faltaban traducciones con texto bilingüe; recordamos también los finos poemas de Alfredo Tarruella y el concurso de epigramas en los últimos números). Aparecieron cuentos del cura-detective Ducadelia. En el Folletón por entregas salieron El cabo Leiva y El ruiseñor fusilado. Había críticas de cine: por ejemplo Victor Beitía comenta El bebe de Rosemarie (n. 31, julio 1969). Todo, en fin, caía bajo la mirada genial del Director, que discurría sobre la crisis de la Iglesia, el dolor de la Patria, y los problemas menudos donde todo esto se manifestaba. Problemas de entonces: el viaje a la luna, la guerra de Viet-Nam, y de hoy: la inseguridad, la delincuencia común, el deportivismo masificante. En los “eriscopio” sobre todo se encuentra una crónica luminosa de esos años. Su opinión de Disney, por ejemplo, llama la atención: “26-II-66. Murió Disney, el único cineasta que muestra que el cine puede ser una de las bellas artes” (n. 2, p. 31).

Frente al gobierno de Onganía mantiene un lúcido desencanto. Así como se resiste a elogiar, cuando se lo pide un lector, al ministro Borda, no se priva del juicio particular de encomio a quien cree digno, como por ejemplo el siguiente:

“10 II 68. Asumió ayer el cargo de Rector de la Universidad el doctor Raúl Devoto, hasta hoy Rector de la de Corrientes. El nuevo Rector habló con suma claridad y decisión (“es tarea que bien mirada vale la propia vida”) y se mostró consciente de la esencia de una Universidad y sus problemas, tanto en la teoría como en .la práctica. (Periscopio, n. 16-17 p .64).

Pero será en los Directoriales donde su pensamiento se hará más explícito, y donde sus preocupaciones de esos años hallarán- u mejor cauce. Así cuando el temor o la adhesión, fácil al marxismo hacía que se diera por muerto al capitalismo liberal, decía Castellani:

“Los exabruptos de los nacionalistas jóvenes que dicen: ‘El liberalismo es un montón de ruinas, el liberalismo ha muerto, el liberalismo ha desaparecido…’ me dejan sonriente. ¿Y la USA y su ‘american way of  life’, que quiere imponer y está imponiendo al resto del mundo? La herejía es fructífera cuando su impulso dura.

“Habrá muerto el liberalismo de Rusó, de Echeverría, y si quieren el de Mazzini y Croce.

“El neoliberalismo o neocapitalismo, alabado incluso por Sombart, se nos aparece como un enorme edificio todo cuarteado por enormes grietas, rellenadas con inyecciones de cemento y grapas de acero. Se sigue agrietando, a osadas, pero lo siguen rellenando”. (Directorial n. 34, octubre 1969).

Su certera descripción del estado del país no buscaba halagar el oído de nadie. Así nos dice en el último Directorial:

“Hablando ando naturalmente, no se ve remedio: ni el gran hombre capaz del, golpe de timón; ni los grupos unidos capaces de secundar al héroe, ni la masa consciente por lo menos del mal; pues, como dijo el otro, parece realmente una comunidad satisfecha de su degeneración; cuyo ideal sería: una ‘esclavitud confortable’. […]. Aquí hay mucha gente buena y no poca gente inteligente. Muy bien. La gente buena anda desparramada; y como no es del todo buena se pelean arreo entre ellos por quítame allá esas pajas. La ‘Inteligencia’ casi toda ella tiene lagunas en la ídem; por causa de lo deficiente en la educación. Yo estoy inmensamente agradecido a mis maestros, porque no me arruinaron del todo –dijo uno. Y los que no tienen maestro, pierden mucho tiempo, y algo más a veces’¿Gli autodidatti pérdono al meno il tempo’. Por lo tanto, tendré que obrar como semilla, lentamente, y por almácigos; y el resultado irlo a esperar a la Chacarita”.

El admirable equilibrio de Castellani no se niega a ver lo grave de la situación y lo insuficiente de las soluciones meramente humanas o temporales. No deja, sin embargo, de “pensar la Patria”. Pero ocurre que en su genio todo se unifica y se jerarquiza debidamente. Terminemos esta somera recorrida con un fragmento de Política sana (Directorial del n. 23, noviembre de 1988:

“Pobre patria. No se ve remedio próximo a sus grandes males ocultos o manifiestos. Nuestra única estrella es la opinión pública consciente más y más; y, la constancia y lucidez de muchos jefes patriotas. Por desgracia, aislados y divididos entre sí.

“El remedio no puede ser solamente político, tiene que empezar por ser religioso. Esto no implica que deben cesar de hacer la (posible) política, los que deso tienen vocación. […].

“Si nuestro país medio descristianizado y presa de politiqueros y de herejes y pillastres, ha de ser salvado, lo será por la permanente devoción a María Santísima, y la intervención benévola de la Patrona de Buenos Aires y del país todo, venerada en Luján, y en diez santuarios del interior.

“Cualquier acción política sana entre nosotros deberá colocar a su cabeza a la Madre de Dios, vencedora de todas las herejías y exorcista de los demonios todos”.

 

* Esta ponencia, inédita, fue presentada en el Primer Congreso de Historia del Nacionalismo (1927-1982), Buenos Aires, 15 y 16 de agosto de 1998.