Escribíamos ayer

Esta sección del blog incluirá artículos y notas de investigadores de nuestro Instituto y de otros estudiosos ajenos a ella que estimamos de interés y de difícil hallazgo.

 

1

JOSE MIGUEL CARRERA, SAN MARTIN

Y

LA CONSPIRACION DE LOS FRANCESES*

 

Jorge C. Bohdziewicz

 

Aun cuando quedan varios aspectos por profundizar, es posible seguir con bastante exactitud la trayectoria y los móviles que impulsaron la acción de José Miguel Carrera por territorios del Río de la Plata y los Estados Unidos en base a la bibliografía publicada sobre el tema[1].

Sabemos que el 9 de octubre de 1814, luego de la derrota de Rancagua, comienzan a llegar los primeros fugitivos, divididos, como en su patria, en carrerinos y o’higginistas. Mendoza fue testigo de sus mutuas y violentas imputaciones. A pesar de sus esfuerzos por mantenerse equidistante de ambos bandos, pronto San Martín hubo de entrar en colisión con el qué acaudillaba José Miguel. Incidentes derivados de la pretensión de Carrera de retener el mando que tenía en Chile y hacérselo reconocer por las autoridades directoriales, sumado a su convencimiento de que el gobernador intendente de Cuyo se había inclinado en favor de O’Higgins, produjeron el primer desencuentro, patentizado en un agrio intercambio de notas. San Martín estaba decidido a hacerse valer como única autoridad, pero antes debió tolerar, por fuerza de las circunstancias, el desacato de Carrera a una orden suya de confinarse en San Luis. Las cosas cambiaron cuando obtuvo superioridad militar, la que le permitió, el 30 de octubre, rodear el cuartel de Carrera e intimarle rendición incondicional. El caudillo chileno tuvo esta vez que resignarse, herido en ese exacerbado amor propio que sus biógrafos coinciden en asignarle.

Luego de dos días de prisión, el 3 de noviembre parte con destino a Buenos Aires, autorizado por San Martín. Lo acompañan. Diego Benavente, Julián Uribe y sus hermanos Juan José, que quedará en San Luis, y Javiera. El 24 del mismo mes llega a la ciudad y es recibido con “benevolencia” por Posadas, sordo empero a sus quejas contra. San Martín. La sustitución de Posadas por su sobrino, con quien Carrera había estrechado amistad en España, remozada ahora, le ofreció la ocasión de obtener ayuda para sus planes, que no eran otros que retomar Chile por las armas. Pero Alvear cayó pronto, esfumándose una perspectiva cierta para José Miguel. Sus relaciones con el Director siguiente, Ignacio Alvarez Thomas, no fueron malas. El 8 de mayo de 1815 le presentó un plan de reconquista que el arequipeño sometió a la consideración de San Martín con el resultado conocido. Viendo cerrada toda posibilidad en el Río de la Plata, resolvió entonces, “cansado ya de insultos y desprecios”, pasar a Estados Unidos. Una nota de Alvarez Thomas a James Madison recomendaba al general chileno y solicitaba provisión de armamentos[2]. Carrera pensaba encontrar en el norte apoyo para la realización de aquel proyecto que había hecho carne en su espíritu. Y creía contar con la persona capaz de favorecerlo: Joel R. Poinsett.

Enviado por Madison en calidad de agente comercial, Poinsett había desembarcado en Buenos Aires el 13 de febrero de 1811. El hecho era novedoso en la política exterior norteamericana, pues los Estados Unidos nunca antes habían comisionado a un representante ante un estado no reconocido[3], y se explica por el interés en frenar o sustituir sin demora la creciente influencia de Gran Bretaña en los mercados y la política hispanoamericana. Las instrucciones que se le habían impartido, además de enfatizar la necesidad de promover un intercambio liberal, hablaban de la inminente crisis capaz de producir grandes cambios en las posesiones españolas de América, ante las cuales el representante debería difundir la impresión de que los Estados Unidos abrigaban la más sincera buena voluntad hacia estos pueblos, la cual no variaría sean cuales fueren las alternativas de sus relaciones con las naciones europeas o su régimen político interno, ni aun ante la eventualidad de su independencia[4].

Durante su breve estada, Poinsett obtuvo algunas ventajas para el comercio norteamericano, procuró desacreditar la política británica y alentó con su prédica los pasos hacia la independencia[5]. Convencido de que poco más podía hacer en Buenos Aires para llenar el objeto de su misión, partió el 27 de noviembre para Santiago de Chile. Aquí, la actuación del enviado, que dejó de lado toda la reserva con que había actuado en la capital porteña, concluyó provocando su expulsión bajo presión británica. Entretanto consiguió entablar duraderas relaciones amistosas con la familia de los Carrera, particularmente con José Miguel, que a la sazón presidía la Junta Gubernativa, convirtiéndose en su asesor militar gracias a los conocimientos adquiridos en Woolwich[6]; proporcionó nombres y direcciones de proveedores de armas en los Estados Unidos; planificó la organización de la policía chilena; intervino en el proyecto de instalación de un banco; colaboró en la redacción de la constitución; trabajó por la reconciliación política entre Juan José y José Miguel[7]. De regreso a su Charleston nativo, luego de una nueva y.corta permanencia en Buenos Aires, Poinsett se dedicó a sus negocios particulares descuidados por la larga ausencia.

Aprovechando la partida del capitán norteamericano David Jewett, decidido su viaje a Estados Unidos, Carrera hizo llegar a Poinsett una carta y una clave en cifras para entenderse secretamente con él[8]. El 9 de noviembre de 1815, tras vencer una transitoria vacilación que pudo desviarlo al Brasil[9], partió a bordo del bergantín Expedition, con el cual llegó a Annapolis, ciudad cercana a Baltimore, el 17 de enero del año siguiente. Su primer paso, como era de esperar, fue escribir a Poinsett, quien le respondió dándole pábulo a sus esperanzas de armar una expedición reconquistadora y encareciéndole gran discreción. La carta de Poinsett llegaba con sendas notas de presentación para David Porter y James Monroe. La nota para Porter, por entonces en servicio temporario en la Junta Naval de Washington, recordaba la amistad profesada por Carrera a ambos y advertía que, en razón de su gran influencia y relaciones en Chile, José Miguel podía ser de gran utilidad para la colonización de las islas Marquesas[10]. La impaciencia del chileno lo movió a escribir a Porter ese mismo día para informarle de su misión, sin esperar los resultados de la misiva introducida de Poinsett. En su escueta respuesta, fechada el 20 de enero, el marino le anunciaba haber escrito confidencialmente al capitán Marcena Monson[11], el mismo que, según Vicuña Mackenna, había servido de banquero a Carrera en Buenos Aires y viajado en su compañía a Estados Unidos[12].

El 20 de enero Carrera partió para Baltimore acompañado por Monson y John R. Shaw, antiguo comisario de la fragata Essex[13] que le sirvió de introductor en un medio complicado por el desconocimiento de la lengua. Cinco días después decidió pasar a Washington donde conversó largamente con Porter antes de ser presentado a Madison. La única referencia sobre la entrevista que conocemos es el pasaje de una carta de José Miguel a su hermano Luis, en la que dice: “fui recibido por el Presidente Madison como un hombre que trabaja por la misma causa que ellos”[14]. Pero no debió lograr más que eso, pues los Estados Unidos, comprometidos con España en la negociación de la Florida, no deseaban apartarse de la política de neutralidad que se habían trazado y cuya desviación en favor de los rebeldes americanos hubiera podido dificultarla. No le quedaba, pues, otro camino que establecer relaciones con banqueros y armadores privados. En Washington, gracias a los buenos oficios de Thomas Taylor, conoció a Henri Didier, propietario de la Expedition y otros navíos que abastecían de armas a Buenos Aires, con el cual llegó a firmar el 1° de febrero una suerte de contrato, en el que intervino Jewett; que ponía el bergantín Mammoth a las órdenes de José Miguel en servicio de corso. Su fracaso se debió posiblemente a la inseguridad de pago[15], pues es sabido que Carrera llegó a Estados Unidos con escasos recursos y se retiró endeudado.

El 28 de enero hallamos a Carrera instalado en Baltimore. La ciudad era en aquellos tiempos un importante centro naval y comercial, sede de un activísimo grupo de propaganda y apoyo a la revolución hispanoamericana en el que presumiblemente se mezclaran afanes políticos altruistas con intereses de rápido enriquecimiento a favor de la desintegración del imperio. Allí se armaban naves en corso contra el comercio español y se vendían armas a los insurgentes en medio de las protestas del ministro Luis de Onís y la desaprensión de las autoridades. Uno de los líderes del grupo solidario con los revolucionarios era John S. Skinner, jefe de correos de la ciudad vinculado a especulaciones con naves corsarias y embarque de armas, que llegaría a prestar 4.000 pesos a Carrera y sería un ardiente defensor de su causa a través de artículos firmados con el seudónimo de “Lautaro” en el Niles Register.

De Baltimore, donde permaneció hasta el 4 de febrero, Carrera se dirigió a Filadelfia y de allí, según parece, a Washington. En esta ciudad ingresó, el 24 de febrero, apadrinado por Shaw, en la Logia San Juan n° 1, filial de la Gran Logia de Maryland, otorgándosele hasta el tercer grado[16]. Es oportuno recordar que las logias masónicas norteamericanas, a las que pertenecían Madison, Monroe, Poinsett realimentaron sus esperanzas luego del fracaso con Didier. En planes de Carrera, tenían tendencias republicanas, a diferencia de sus similares inglesas que sostenían principios monárquicos constitucionales. El 28 del mismo mes volvió á Baltimore, de donde pasó a Filadelfia, instalándose en New Haven el 6 de marzo. Escasas noticias hemos recogido de los móviles concretos de estas andanzas, lógicamente vinculadas a sus negociaciones. Una carta de Poinsett y probablemente gran parte de los que vemos asistir al charlestoniano le anunciaba que se dedicaría “personalmente” a su ayuda con los recursos de que disponía tan pronto como concluyera un informe sobre Chile y las causas de la revolución[17].

Carrera confiaba en Poinsett, aunque éste poco había hecho hasta entonces por su amigo. Porter, en cambio, se mostraba más activo. Se habían conocido con José Miguel en Chile cuando el Capitán de la Essex cumplía servicios en el Pacífico durante la guerra de 1812 con Inglaterra. En Estados Unidos lo asistió continuamente, ya sea presentándole personajes, como E. L Dupont, dueño de la fábrica de pólvora más grande del país, ya ofreciéndole oficiales de marina fuera del servicio activo o la compra de barcos de guerra a bajo precio[18]. Porter tenía además otras razones para secundar los planes de Carrera aparte de su entusiasmo por la causa de la independencia hispanoamericana. Según Vicuña Mackenna, el gobierno de los Estados Unidos había confiado a Porter la toma de posesión de las islas Marquesas, descubiertas poco antes, para lo cual debía partir con tres fragatas, y el éxito de la empresa aparecía asociado a la ocupación de Chile por un gobierno amigo[19].

De regreso a New York, Carrera se entregó de lleno al cumplimiento de sus propósitos. Así afirman los estudiosos de su misión, pero sin darnos mayores noticias de sus actividades durante abril, mayo y junio. Tal vez por estos meses haya que distribuir las tentativas, fracasadas todas, de que habla Vicuña Mackenna, entre las que se cuenta la pretensión de arrastrar a Francisco Javier Mina. Dejaba en cambio relaciones importantes, como la establecida con Baptis Irvine, director del periódico neoyorquino The. Columbian, activo propagandista de la revolución y ahora también de los intereses del caudillo chileno.

El 4 de julio aparece Poinsett en New York para asistir de cerca y discretamente a Carrera. Durante su permanencia de casi. dos meses, alternada entre esta ciudad y Filadelfia, Poinsett entrevistó a Juan Jacobo Astor, rico comerciante que se dedicaba a la venta de armas. Pronto se convenció de las escasas posibilidades de su gestión y se lo comunicó a Carrera. El caudillo chileno se quejará en su Diario de la “tibieza” de Poinsett. Sin embargo, por su intermedio consiguió relacionarse con numerosos oficiales bonapartistas refugiados en Estados Unidos luego de la restauración. Uno de ellos, Grouchy, le presentará a los. franceses Jackelin y Durand, encargados de la venta de armamentos a los insurgentes como representantes de una firma parisina, con quienes Carrera firmó un contrato, rechazado, a lo que parece, por la casa matriz[20]. Finalmente, poniendo todo el peso de su influencia personal, Poinsett consiguió que Didier aceptara el riesgo de la empresa.

Hay noticias de dos contratos celebrados por Carrera, en nombre del “gobierno republicano”, con Didier y Shepford. El primero, fechado el 31 de octubre, obligaba al envío del bergantín Savage. con considerable armamento a algún puerto de Chile ocupado por los patriotas, debiendo pagarse el doble de lo facturado a los veinte días de la llegada[21]. El segundo fue firmado el 18 de noviembre y ponía a disposición de Carrera la fragata Clifton, convenientemente armada, al precio de 80.000 pesos. Los fusiles costarían 20 pesos cada .uno y los demás implementos deberían pagarse el doble de su costo. Una cláusula estipulaba que las presas que se hicieren en el trayecto pertenecerían a los dueños del buque y tripulación, y de imponerse contribuciones en Chiloé, un tercio de las mismas correspondería a Didier y Shepford[22]. En el camino habían quedada olvidados los sinsabores de negociaciones truncas y propuestas incumplidas.

Entre la promesa de apoyo arrancada a Didier y la firma del primer contrato, Carrera se dirigió a New York con el fin de organizar la expedición militar. Esto significaba un desembolso inmediato que Carrera no estaba en condiciones de realizar y Didier no parecía dispuesto a arriesgar más dinero[23]. Un oportuno préstamo de Wascamps[24] y otro de Skinner, ambos al ciento por ciento, salvaron la empresa de su momento crítico.

Al bergantín Savage y la corbeta Clifton, Didier agregó la cuna Davei y el bergantín Regent. Desconocemos los trámites del refuerzo, que muestra una larga superación de los inconvenientes financieros apuntados, a la vez que optimismo por los resultados de la expedición, pues el Diario de Carrera, glosado por Varas Velásquez, concluye el 17 de noviembre sin registrar noticia alguna. de ambos navíos, ni de la fragata General Scott, de 600 toneladas y. 35 cañones, ofrecida por la casa Huget y Tom[25]. Ni la General Scott ni el Regent llegaron a las costas sudamericanas.

¿Cuál fue la contribución de Porter a los preparativos de la expedición? Varas Velásquez llama la atención sobre la falta de noticias al respecto en el Diario, aunque dice deducir por ligeras referencias que el marino se dedicó a neutralizar los esfuerzos de Onís para hacerla fracasar[26].

Casi todo el mes de noviembre ocupó Carrera en los preparativos de la expedición. Por fin, el 4 de diciembre partió la Clifton hacia el Río de la Plata a su mando, seguida a los pocos días por la Davei y el Savage, que lo hizo el 2 de enero de 1817. La tripulación estaba formada por norteamericanos, ingleses, holandeses, alemanes, italianos y, en su mayor parte, franceses bonapartistas. La restauración había obligado a estos últimos a emigrar de Francia, radicándose algunos en los Estados Unidos y eligiendo el Río de la Plata otros. Pocos resistieron la tentación de la aventura, y en uno y otro lado aparecerán comprometidos con maquinaciones de toda índole[27].

Un primer balance de la gestión de José Miguel Carrera en los Estados Unidos, emprendida casi sin fondos y con ignorancia del medio y la lengua, permite afirmar el éxito de la misma. Es indudable que el resultado es inseparable de la tenacidad e inteligencia de que hizo gala el chileno, pero hay un marco más amplio que lo envuelve y explica, señalado con acierto por Labastie[28]: la puja por desplazar la influencia británica en beneficio de los Estados Unidos, la cual, por lo que respecta a Chile, tenía en Carrera a su “fraterno” pivote. Las autoridades toleraban sus actividades -“somos más que benignos con respecto a sus operaciones en nuestro país” [29]– porque el país del norte sería el primer beneficiario en el caso de que Carrera reconquistara su patria, hecho que probablemente llevaría aneja la vuelta del caudillo al gobierno. Aparte las convicciones republicanas que lo aproximaban ideológicamente a Estados Unidos, Carrera, además, parecía dispuesto a otorgarles concesiones. Aunque sin valor legal, el 13 de octubre de 1816 había extendido a un tal Edwards, en virtud de los servicios prestados a su causa, una autorización para pescar libremente lobos marinos en las islas o costas de Chile[30]. Y algo de cierto pudo haber en la confidencia de San Martín a Robert Staples, a quien le expresó que “los Carrera, a fin de llevar a cabo su propósito, entraron en un tratado con los Estados Unidos por el cual en caso de obtener éxito, Chile cedería a Norte América las islas de Chiloé y Santa María con el puerto de Valdivia”[31].

La expedición de José Miguel no era un secreto para nadie, ni siquiera para las autoridades realistas de Chile. Su plan era concentrar la escuadrilla en Buenos Aires, embarcar a sus partidarios y dirigirse a Chile para reabrir, la lucha. Pueyrredón estaba al tanto de su llegada por comunicación del propio Carrera y actuó rápidamente. Cuando fondeó la Clifton el 9 de febrero de 1817, el director supremo, de consuno con San Martín, ya tenía decidido el destino de la escuadrilla[32]. Además estaba resuelto a evitar que el caudillo pasase por cualquier medio a Chile en el convencimiento de que sería un peligroso factor de discordia. Carrera debía, pues, ser sacrificado a la armonía del plan sanmartiniano. En una primera entrevista que mantuvo con Pueyrredón, éste le insinuó que dejase a disposición del gobierno la escuadrilla y que pasase a Estados Unidos como embajador por Buenos Aires y Chile. Carrera rechazó la oferta y condicionó la transferencia de las naves al resultado de la campaña que ya había iniciado San Martín. Al llegar la noticia de la victoria de Chacabuco, pretendió anular el compromiso y presentó, el 26 de febrero, un memorial con la intención de conseguir apoyo del gobierno para duplicar la fuerza naval e iniciar la lucha por el dominio del Pacífico, pero chocó con la voluntad de Pueyrredón, quien le hizo saber, esta vez terminantemente, que debía abandonar todo propósito de pasar a Chile. Carrera pareció ceder y, en un tono que llegó, a engañar a su interlocutor, acepto colocar la flotilla a disposición del gobierno. En realidad, lo que pensaba era arrancar por las buenas o las malas sus buques ,de las balizas de Buenos Aires e ir al Pacífico “a cumplir sus compromisos”[33]. Una denuncia de Lavaysse y una disputa pública entre el Capitán de la Clifton, que estaba en arreglos con el gobierno para vender el barco, y el del Savage, partidario de pasar a Chile, dieron a Pueyrredón suficiente pretexto para detener y confinar a Jose Miguel y a Juan Jose en sendos buques. Luis, advertido a tiempo por Javiera, consiguió ocultarse. Esto ocurría el 29 de marzo. Cinco días después, Carrera escribía a Pueyrredón solicitándole la libertad y un pasaporte para puertos extranjeros. Trasladado a tierra el 15 de abril, durante una postrera entrevista con San Martín queda convenido que recibiría los pasaportes y marcharía a Estados Unidos. Sin embargo, a los pocos días consigue huir a Montevideo ayudado por Manuel Monteverde, capitan del Belen.

Mientras Jose Miguel anudaba en la ciudad oriental excelentes relaciones con el general Federico Lecor, Nicolas Herrera y otros miembros de la faction alvearista, en la casa de su hermana Javiera, en Buenos Aires, se tramaba una conspiración con el concurso de Juan José, ya libre, Luis y algunos expedicionarios fieles a Carrera. El objetivo era pasar a Chile secretamente, armar dos partidas en Santiago y tomar prisioneros a O’Higgins y a San Martín para desterrar al primero y juzgar por consejo de guerra al segundo. A principios de junio se adelantaron con el encargo de tomar servicio en el ejército sanmartiniano Guillermo Kennedy, Tornás Eldredge y Ezequiel Jewett, tres oficiales que habían llegado con Carrera en su expedición. No vamos a referir los pormenores de esta conspiración[34], a la cual. Jose Miguel, a pesar de la negativa de Amunátegui[35] y Vicuña Mackenna[36], no permaneció ajeno. Barros Arana publico un extracto de la declaraciónn de Cárdenas en la que aparece claro que aquél debía pasar a Chile por mar y, una vez establecido el nuevo gobierno, partir a Estados Unidos con dinero para comprar una escuadra y traer oficiales, entre ellos al mariscal Grouchy que habría quedado encargado de reclutarlos[37]. Descubierta en Chile y desarticulada aquí con la detención de los dos hermanos, concluyó con el desgraciado fusilamiento de ambos complotados meses después, el 8 de-abril de 1818. Un pasaje de un informe “absolutamente secreto” de Bowles nos da la idea de la presencia activa .en Chile de los expedicionarios carrerinos: “La carencia de oficiales le ha obligado [a San Martin] últimamente a emplear en el ejército un número de franceses y norteamericanos que el general Brayer acompañó a este país el año último, pero varias oportunidades se han dado para advertirle de sus intrigas, y habiendo descubierto últimamente una conspiración contra su vida, en la cual muchos de ellos estaban comprometidos, ahora está removiéndolos y separándolos con la celeridad posible, y al presente no tienen ellos aquí ninguna influencia”[38].

Son muy escasas las noticias precisas sobre las actividades de José Miguel Carrera en Montevideo[39]. Según parece, dedicó bastante tiempo a redactar e imprimir un folleto justificativo de su vida pública[40], lo que no le impidió participar a través de Monteverde, que hacía las, veces de correo suyo, en la conspiración urdida por sus partidarios. Cuando se enteró de la prisión de sus hermanos, pareció deponer todo intento de irritar a sus enemigos políticos por temor a “aumentar la discordia” y perjudicarlos. En estas circunstancias lo sorprendió una carta de Kennedy con la noticia de la muerte de Juan Jose y Luis “por orden de San Martin”[41]. Exaltado y dolorido por la nueva, no dudó un segundo de la falsa imputación del norteamericano y la hizo extensiva a O’Higgins y a Pueyrredón. Vengar su muerte será desde entonces un motivo permanente en sus actos. Su proclama A los habitantes libres de los Pueblos de Chile, escrita a fines de abril o mayo, califica a San Martín, a O’Higgins y a Pueyrredón. como “monstruos sanguinarios” y clama venganza contra ese “triunvirato inicuo”. En junio lanza Un aviso a los pueblos de Chile de parecido lenguaje, a los que siguieron otros no menos incendiarios que, introducidos en forma subrepticia[42], llegaron a perturbar al gobierno de las Provincias Unidas contando con la pasividad cómplice del Barón de Laguna.

¿Qué. quedaba de las relaciones establecidas por Carrera durante su permanencia en los Estados Unidos? Por de pronto, el fracaso de la expedición no parece haber entibiado el entusiasmo por su causa, que no era, por supuesto, pura adhesión personal. Los artículos publicados por Skinner se enderezaban a mostrar que el gobierno de Buenos Aires, enemigo de Carrera, era demasiado dócil a Gran. Bretaña como para merecer el reconocimiento.de Estados Unidos como nación independiente[43]. Porter, a su vez, había escrito algunas notas en defensa de Carrera y, en carta a Poinsett, ponía en descubierto sus intenciones: “Queremos hacer que parezca que los intereses de Estados Unidos son puestos en peligro por las maquinaciones de Inglaterra por intermedio de sus agentes, que somos los aliados naturales de América del Sur, que a menos de que los ayudemos se arrojaran en brazos de nuestro enemigo natural”[44]. Intereses que creía acompañados “en gran medida” por el Departamento Ejecutivo. Pero hay algo más todavía.

En marzo de 1817, James Monroe fue elevado de la secretaria del Departamento de Estado a la presidencia de su país. Su presencia en el gobierno significó una mayor atención al proceso revolucionario, de cuyas alternativas se recibían noticias erróneas o insuficientes. Esto parece haber sido la razón decisiva que lo movió a despachar una nueva misión hacia América del Sur, ya que una información digna de confianza era necesaria para orientar su política hispanoamericana[45]. Pensó en enviar a Poinsett, cuya idoneidad y conocimiento del terreno lo indicaban como la persona más adecuada para el cargo, pero el hombre de Charleston ya tenía comprometido un puesto oficial en el gobierno de Carolina del Sur. Finalmente, Monroe decidió nombrar tres comisionados: Theodorik Bland, suegro de Skinner, John Graham y Cesar A. Rodney.

Los viajeros de la Congress llegaron el 20 de febrero de 1818 a Montevideo, dondese encontraron con Carrera[46]. Uno de ellos o el Capitán entregó al caudillo expatriado una significativa carta de Porter, concebida así: “Ud. es considerado en este país como el solo campeón de las libertades de Sud América sobre cuyos principios debe ponerse entera confianza, y el finico que puede conducir la revolución a un desenlace feliz y a una útil conexión política entre Sud América y los Estados Unidos. La visita que Ud. hizo a este país, aunque bajo las circunstancias menos favorables, debe contribuir a acelerar este resultado, y puedo asegurar a Ud. sobre este particular que Ud. es mejor conocido a este gobierno que ninguno de los agentes autorizados que se han presentado de las provincias independientes. La expedición, por cuyo conducto recibirá Ud. la presente, puede decirse que ha sido originada desde la conferencia con Mr. Madison que yo tuve el honor de facilitar a Ud. Su objeto es preparar el camino para el reconocimiento de la independencia de aquellos países de Sud América que estén dispuestos a establecer gobiernos conformes al nuestro. Yo espero por mi parte, y tales son los deseos de nuestro gabinete, ver a Chile independiente y con un gobierno elegido por el pueblo; y mi más ardiente anhelo se refiere a que esa elección recaiga sobre Ud., porque siendo conocedor de nuestras instituciones políticas y del valor de la libertad civil y la igualdad de los derechos, Ud. podrá más pronto, y con menos pérdida de sangre y tesoros, alcanzar las bendiciones que nosotros gozamos como nación”[47].

Como puede apreciarse, Carrera seguía siendo, aun en desgracia, una posibilidad concreta para el logro de los designios políticos de sus corresponsales del norte, capaz de imponer los principios republicanos, seriamente comprometidos por las inclinaciones monárquicas de los gobiernos del Río de la Plata y Chile. No se equivocaba Worthington cuando informaba que el partido de Carrera “era el gran partido patriota norteamericano”, fuerte en Chile como para tomar en poco tiempo el gobierno de poder llegar su jefe allí, agregando que, por su identificación con los norteamericanos, los ingleses, que iban acrecentando su influencia en Buenos Aires, era difícil que lo tomasen de la mano”[48].

Desconocemos el resultado de la entrevista de Jose Miguel con los comisionados. Imposible, por consiguiente, deducir si se llegó a concertar algún plan encaminado a favorecerlo que no fuera la presentación conjunta que elevaron a Pueyrredón suplicando medidas “para terminar o aminorar los padecimientos de los infelices miembros de esa familia [Carrera], que se hallan confinados”, en atención a los servicios que prestaron a los oficiales de la Essex en Chile[49]. Sin embargo, parece haber algún indicio relacionado con Bland. Es curioso que el suegro de Skinner, elegido comisionado por una camarilla, según denuncia de Brackenridge, haya pedido a Monroe antes de salir de Baltimore que le confiaran la misión de pasar a Chile, la cual, si se estimaba conveniente, debía efectuarse por uno de los comisionados de acuerdo a lo establecido en las instrucciones. ¿El pedido de Bland se vinculaba exclusivamente al interés de gestionar ante el gobierno chileno, como abogado de Skinner, el pago de la deuda de Carrera en caso de fracasar su cobro en Buenos Aires[50]. No lo sabemos, pero lo cierto es que Bracken­ridge, secretario de la misión, acuso a Bland y a Skinner ante Adams, en 1820, de estar comprometidos en empresas corsarias y efectuar préstamos a los carrerinos de Chile a cambio de privilegios comerciales[51]. Con los datos de que disponemos, tampoco nos es posible determinar si aquellos préstamos, de haber sido ciertos, fueron realizados durante la permanencia de Bland en Chile.

La opinión de Worthington sobre la fortaleza del partido carrerino era exacta. Desde que José Miguel vio frustrado su propósito de expedicionar sobre Chile, sus conmilitones conspiraron de continuo bajo su guía para desplazar a O’Higgins y a San Martín. Uno de los más fieles y activos fue Tomás José de Urra. Cuando fue descubierto el intento encabezado por los hermanos del caudillo, don Tomás ya había sido detenido en Chile, lo mismo que Manuel Gandarillas, Díaz Muñoz y otros, con el cargo de estar complicado en la tentativa sediciosa, cargo del que logró zafarse con habilidad[52]. Pero el gobierno chileno seguía velando por su seguridad. El 29 de agosto Guido comunicaba a San Martín el descubrimiento de la clave de algunas líneas en cifra de una carta de José Miguel[53] y, poco después, que trabajaba con empeño a fin de averiguar dónde se reunía la sociedad a la que pertenecía el caudillo, en cuyos satélites éste confiaba “para trastornar la presente administración con sus descabellados proyectos”[54]. El destinatario de la carta interceptada era Una, quien volvió a ser apresado bajo acusaciones que podrían considerarse extravagantes si no cobrasen sentido por lo que llevamos expuesto. Desde su prisión escribirá a Guido para solicitarle protección y favor, luego de explicarle así las causas de su detención: “Se ha sorprendido al detestable Carrera una carta, con la que el Ministro de Estado, Juez de mi causa, me arguye el primer crimen. La carta es fechada en Montevideo a 27 de junio. Principia quejándose del gran silencio que se observa con él, y a continuación cuenta los esfuerzos y preparativos que hace para salvar a Chile de la opresión, que su ambición, en la desesperación de su alma, presenta a su imaginación cargada de impotente venganza. Luego provoca al confidente a una empresa que no designa sino al fin por unos tantos renglones en cifras. El Ministro me presentó una cartilla para que descifrase el primero, y el resultado fue el siguiente: asesinar a S. Martín, O’Higgins. No me permitieron leer más. Sé me hace cargo de obtener yo en esta capital el empleo de Secretario de una Logia francmasónica procedente de la matriz de Baltimore, en la cual está incorporado Carrera y otros muchos que se me nombraron”[55].

El 27 de noviembre Hipólito de Villegas elevó un informe a O’Higgins con las conclusiones derivadas del estudio de la declaración tomada ese mismo día a Urra y tres cartas de José Miguel en poder del gobierno. Según Villegas, Urra, “el más confidente” de los adictos de Carrera, se redujo a decir que al pasar. D. José Ignacio de Ureta, primo hermano del caudillo, por la villa de Aconcagua, “le confió con calidad de reserva que estaba casi seguro de que existía una liga entre portugueses, Artigas, Carrera y Alvear para trabajar cada uno en su partido por remover las administraciones de Buenos Aires y Chile, y que él tenía intención de averiguar la cosa a fondo, previniendo el declarante que en el espacio de poco más de un mes le daría una razón exacta de los movimientos y planes que hiciesen la fuerza armada o tropas que auxiliaban esta liga, para cuyo fin le instó le dijese dónde podrían verse en el citado término; y contestándole Urra que no podía salir de Aconcagua, Ureta le respondió que podría volver cuando concluyese su comisión de secuestros del Guasco”. Después de resumir pasajes de las cartas de Carrera, Villegas recomendaba que, si se estimaba conveniente, se informase al gobierno de Buenos Aires, donde creía se iniciaría la “próxima tempestad”[56].

El propósito criminal enunciado en clave por Carrera en su carta a Urra, aunque desatinado, fue algo más que una expresión circunstancial, resultado de la ofuscación producida por la muerte de sus hermanos y sus propias desventuras. Era parte de un nuevo plan cuya finalidad queda expuesta, en sus grandes líneas, en la confidencia de Ureta.

Antes de que llegara copia del informe de Villegas y el Director sustituto, Rondeau, lo elevara al Congreso, alguien que quiso permanecer anónimo -el doctor Durand[57] denunció la conspiración que la imprudencia de Carlos Robert, antiguo oficial bonapartista, le confió, permitiendo al gobierno de Buenos Aires una rápida reacción. Se detuvo a Juan Lagresse, enlace que residía en la casa de Javiera, y a otros franceses implicados. Seguidamente se despachó una partida en persecución de Robert y sus acompañantes, que se dirigían a Chile, con orden de conducirlos “vivos o muertos” a esta capital[58]. Los viajeros fueron alcanzados a la altura de la posta del Fortín de Areco, donde el coronel Young fue muerto al intentar resistirse, de acuerdo a la versión del oficial a cargo de la partida[59]. Los restantes, Robert, Mercher y Vigil, fueron conducidos de regreso y encerrados en el cuartel de Aguerridos. Con visible alivio, el 2 de diciembre Pueyrredón notificaba a San Martín los recientes sucesos, la prisión de Javiera y la separación, a petición suya, del cónsul norteamericano Thomas Halsey, de quien decía tener “muchos antecedentes” para sospechar que también estaba metido en la liga[60].

Por decreto del 20 de noviembre, Pueyrredón nombró a Simón García de Cossio para que levantase sumario indagatorio, el que comenzó cuatro días más tarde. Una vez concluido, el juez instructor elevó su informe al gobierno con fecha 22 de enero de 1819. El proceso entró entonces en una suerte de parálisis, hasta que el Director Supremo determinó dirigirse, el 27 de enero, al Congreso pidiendo facultades para designar una comisión militar que pudiera expedirse con rapidez en la causa. Fundamentaba su pedido en las dilaciones sufridas por el proceso y los peligros a que se exponía la tranquilidad pública por la demora que resultaba de las formas y trámites ordinarios[61]. El Congreso, en las sesiones extraordinarias de los días 3 y 4 de marzo; trató y acordó autorizar la creación de dicha comisión, que debía sustanciar las causas conforme al Reglamento Militar del 7 de mayo de 1814, por el término de seis meses[62]. A partir de aquí los pasos se aceleraron. El 8 de marzo el gobierno constituyó la comisión bajo la presidencia de José Rondeau y el 10 pasó a su conocimiento el sumario indagatorio. De nada valió la nota presentada por el Cónsul de Francia, Antonio Leloir, quien, vislumbrando el fin de los reos, “hombres que solo concibieron la perpetración de un crimen, mas que nunca lo consumaron”, solicitó la conmutación de la pena de muerte, caso que la merecieren, por la de extrañamiento perpetuo del estado[63]. El. 31 de marzo, después de un juicio de carácter público con asistencia de una numerosa barra de ciudadanos franceses, el tribunal condenó a la pena capital a Robert y Lagresse, y ordenó la expulsión de Parchappe, Mercher y Dragumette[64]. Vigil quedó libre de culpa y cargo.

En la mañana del 3 de abril, Robert y Lagresse fueron pasados por las armas “por no haber verdugo para cumplir la sentencia dada de horca”[65]. ¿Crimen injustificado o acto legítimo de justicia? La conclusión de que “murieron víctimas de una desconfianza asustadiza y cruel, sino de una calumnia cobarde”, a que llega Vicuña Mackenna[66], parece excesiva, pues no contempla el contexto en que se enmarca el episodio: la reciente sublevación de los prisioneros españoles en San Luis, a los que se suponía ligados a Carrera y Alvear, el estado de inquietud permanente provocado por los panfletos montevideanos[67], la presencia amenazadora de Portugal, el peligro de una expedición española, la guerra con los caudillos del litoral, en fin, un cúmulo de circunstancias que influyeron en la drástica y ejemplificadora resolución. Contemporáneamente a los sucesos, en El Americana se justificaba de esta manera la formación de la comisión especial y el fusilamiento: “El grande principio Salus populi suprema lex esto, y el derecho de propia conservación son las bases del derecho público, como igualmente el derecho de gentes. Así es que en todas las naciones, cualquiera que sean sus constituciones políticas, se ha establecido en materia de sediciones, conspi­raciones y de traiciones una jurisprudencia muy diferente de la que se sigue en pleitos criminales ordinarios”[68].

Una abundante bibliografía sobre el tema, que nuestra historiografía recogió con el nombre de “complot” o “conspiración de los franceses”[69] nos ha eximido de referir sus detalles. Diremos solamente que las pruebas reunidas por las autoridades de Chile y de Buenos Aires concurren a demostrar la realidad del plan carrerino, que el Caudillo negó con vehemencia[70]. Con todo, quedan abiertos muchos interrogantes que una investigación prolija tendría que resolver, como la presunta participación de Artigas, los portugueses y los caudillos del litoral[71], y la más probable de Alvear y los logistas de Montevideo[72].

Para concluir este artículo, señalaremos que en Buenos Aires se publicó a mediados del mes de mayo de 1819 el Resumen documentado de la causa criminal[73], “terrible libelo” en la apasionada expresión de Vicuña Mackenna[74]. Su publicación obedecía a la necesidad de salir al encuentro de la posible circulación de las cartas, con algunos agregados y fines malévolos, que los franceses escribieron a sus deudos antes de su ejecución acriminando al gobierno[75]. Aparición oportuna, pues el Capitán Gicquel des Touches informaba que el gobierno independiente no protegía a los extranjeros y que al dejar el puerto de Buenos Aires, el 21 de febrero, seguían encarcelados y encadenados varios franceses a pesar de no podérseles reprochar nada[76]. Conceptos tan desfavorables como los del informe posterior de Pierre Marie Luco[77].

 

* Este trabajo fue publicado en Historiografía, n. 2, Buenos Aires, 1976, p. 215-262, hoy inhallable. Le hemos cambiado el título para esta edición y suprimido el apéndice con una reproducción facsimilar del folleto con el resumen de la causa criminal contra los franceses. Hemos hecho, asimismo,  poquísimos retoques formales al texto.

[1] Además de las monografías que estudian aspectos particulares, citadas a 16 largo de este trabajo, es fundamental la consulta de Benjamín Vicuña Mackenna, El ostracismo de los Carreras, Santiago de Chile, 1857; Julio C. Raffo de la Reta, El general José Miguel Carrera en la República Argentina, Buenos Aires, 1941; Joaquín Pérez, San Martín y José Miguel Carrera, La Plata, 1954.

[2] Ignacio Alvarez Thomas a James Madison, Buenos Aires, 26-05-1815, cit. por Samuel Flagg Bemis, Early diplomatic missions from Buenos Aires to the United States, 1811-1824, Worcester, 1940, p. 53.

[3] Harold F. Peterson, La Argentina y los Estados Unidos, 1810-1960, Buenos Aires, 1970, p. 17.

[4] Robert Smith a Joel Roberts Poinsett, Washington, 28-06-1810, en William R. Manning, Correspondencia diplomática de los Estados Unidos concerniente a la independencia de las naciones latinoamericanas, Buenos Aires, 1930, t. I, parte 1, p. 7.

[5] Véase Harold F. Peterson, op. cit., p. 17-21; Guillermo Gallardo, El primer agente de los Estados Unidos en el Río de la Plata, Joel Roberts Poinsett, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1965, t. XXXVIII, 11 sec., p. 221-235; J. Fred Rippy, Joel R. Poinsett, versatile american, Durkham, 1935, p. 38-40. Este último autor, en La rivalidad entre Estados Unidos y Gran Bretaña por América Latina (1808-1830), Buenos Aires, 1967, p. 6, cita un pasaje de las memorias de Peter Heywood, capitán de la marina inglesa, en el que dice que algunos ciudadanos norteamericanos, y en especial Poinsett, despliegan una singular “diligencia y actividad, en propagar doctrinas y opiniones perjudiciales para el gobierno y los súbditos británicos”.

[6] William Bowles informaba el 9 de noviembre de 1813 su parecer de que los hermanos Carrera estaban “completamente dirigidos” por Poinsett. J. Fred Rippy, La rivalidad, etc., cit., p. 7.

[7] Un examen pormenorizado de las actividades de. Poinsett en Chile puede verse en William Miller Collier, Guillermo Feliú Cruz, La primera misión de los Estados Unidos de América en Chile, Santiago de Chile, 1926, y J. Fred Rippy, Joel R: Poinsett, etc., cit., p. 40-55.

[8] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 43.

[9] William Miller Collier, Guillermo Feliú Cruz, op. cit., p. 188.

[10] Joel R. Poinsett a David Porter, Charleston, 20-01-1816, cit. por Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 49.

[11] David Porter a José Miguel Carrera, Washington, 20-01-1816, cit. en ibidem, p. 50.

[12] Miguel Varas Velásquez, Don José Miguel Carrera en Estados Unidos, en Revista chilena de historia y geografía, Santiago de Chile, 1912, t. III, n° 7, p.10.

[13] William Miller Collier, Guillermo Feliú Cruz, op. cit., p. 199.

[14] José Miguel Carrera a Luis Carrera, New York, 12-03-1816, cit. por Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 51. La entrevista fue clandestina. Repárese en el hecho de que Thompson no consiguió ser recibido por Madison.

[15] William Miller Collier, Guillermo Feliú Cruz, op. cit., p. 200 y 219.

[16] Miguel Varas Velázquez, op cit., en Revista chilena de historia y geografía, Santiago de Chile, 1912, t. III, n. 7, p. 27. “Este pasó puede suceder me dé algunas ventajas para mis miras”, apuntaba Carrera en su Diario cuando ya tenía decidido su ingreso.

[17] William Miller Collier, Guillermo Feliú Cruz, op. cit., p. 208.

[18] Ibidem, p. 211 y 214.

[19] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 62.

[20] Francisco Antonio Encina, Historia de Chile, Santiago de Chile, 1953, t. VII, p. 433.

[21] Miguel Varas Velásquez, op. cit., en Revista chilena de historia y geografía, Santiago de Chile, 1912, t. IV, n. 8, p. 41.

[22] Ibidem, p. 40.

[23] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 80-81. Agreguemos que Didier buscó cubrir los riesgos de la empresa revistiendo a los capitanes con la condición de agentes comerciales encargados de defender sus intereses.

[24] Francisco Antonio Encina, op. cit., t. VII, p. 433. Es posible que Poinsett también haya auxiliado a Carrera en estas circunstancias. En su testamento le reconoce una deuda de 2.000 pesos. Testamento de don José Miguel Carrera, en Revista chilena de historia y geografía, Santiago de Chile, 1921, t. XL, p. 237.

[25] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 87.

[26] Miguel Varas Velásquez, op. cit., en Revista chilena de historia y geografía, Santiago de Chile, 1912, t. IV, n. 8, p. 42.

[27] Onís denunció el preparativo de una expedición que tenía por objeto coronar a José Bonaparte rey de Méjico. Luis de Onís a John Quincy Admas, Washington, 07-05-1818, en William R. Manning, op. cit., t. III, partes XII XTV, p. 2353. Véase además ibidem, t. I, parte I, p. 61 nota.

[28] María Rosa Labastie, El complot de los franceses y sus vinculaciones -con la emancipación americana, en Cuarto Congreso Internacional de Historia de América, Buenos Aires, 1966, t. II, p. 345-358. Este trabajo tiene además el mérito de haber sacado al “complot de los franceses” del terreno anecdótico en que lo había confinado la historiografía.

[29] David Porter a José Miguel Carrera, New York, 13-1X-1816, cit. por William Miller Collier, Guillermo Feliú Cruz, op. cit., p. 224.

[30] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 86.

[31] Robert Staples a W. Hamilton, Buenos Aires, 11-04-1817, cit. por Ricardo Piccirilli, San Martín y la política de los pueblos, Buenos Aires, 1957, p. 425-426.

[32] 32 “Voy a ver si puedo llegar antes que salgan los buques que trajo Carrera, y si son buenos, los tendrá V. en esa dentro de dos meses”. José de. San Martín a Bernardo O’Higgins, Retama, 19-03-1817. Archivo Nacional [de Chile], Archivo de don Bernardo O’Higgins, Santiago de Chile, 1951, t. VIII, p. 163.

[33] Juan J. Dauxion de Lavaysse a John S. Skinner, Buenos Aires, 16-04-1817, cit. por Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 97.

[34] Diego Barros Arana, Historia jeneral de Chile, Santiago [de Chile], 1890, t. XI, p. 223-241, proporciona un detallado relato de la misma.

[35] Miguel Luis Amunátegui, La dictadura de O’Higgins, Santiago [de Chile], 1854, p. 132.

[36] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 130.

[37] Diego Barros Arana, op. cit., t. XI, p. 229-230 nota.

[38] Guillermo Bowles a J. W. Croker, a bordo del Anphion en alta mar, 14-11-1818, cit. por Ricardo Piccirilli, op. cit., p. 444. Uno de los conjurados declaró que “los franceses todos eran de ellos”. Domingo Pérez a Bernardo O’Higgins, Santiago de Chile, 30-08-1817, en Archivo Nacional [de Chile],  op. cit., t. VIII, p. 335.

[39] Silvestre Pérez, El misterio de iniquidad y la independencia de Arnérica Hispana, Montevideo, 1950, t. I, p. 201, dice que en Montevideo existía una gran logia, probablemente de rito de York, a la que pertenecían Alvear, Herrera, Vidal, Santiago y Ventura Vázquez,  y también Carrera.

[40] Manifiesto que hace a los Pueblos de Chile el Ciudadano Jose Miguel Carrera, [Montevideo], 1818.

[41] Guillermo Kennedy a José Miguel Carrera, Buenos Aires, 23-04-1818, cit. por Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 174.

[42] El 04-01-1819 María Clara Telan declaró que tenía conocimiento de la llegada de papeles desde Montevideo por haberlo dicho la misma mujer de Carrera, y que dos o tres docenas debían ir para Estados Unidos y otras tantas para Chile. Archivo General de la Nación [Argentina], (en adelante AGNA), Sumario indagatorio contra varios individuos franceses sobre proyectos de conspiración, 1818, Biblioteca Nacional, 514, p. 88.

[43] Arthur Preston Whitaker, Estados Unidos y la independencia de América Latina (1800-1830), Buenos Aires, 1964, p. 122.

[44] Ibidem, p. 123.

[45] Harold F. Peterson, op.cit., p. 42.

[46] H. M. Brackenridge, Voyage to Buenos Ayres, performed in the years 1817 and 1818, by order of the american government, London, 1820, p. 49.

[47] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 112-113. Subrayados nuestros.

[48] W. G. D. Worthington a John Quincy Adams, Buenos Aires, 07-03-1819, en William R Manning, op. cit., t. I, parte II, p. 618 y 620.

[49] César A. Rodney, John Graham y Theodorik Bland a Juan Martín de Pueyrredón, Buenos Aires, 12-04-1818, en AGNA, X, 1-4-14. También hubo un pedido verbal en el mismo sentido de Worthington al Director Supremo, quien le contestó que “los Carreras podían ser patriotas por algo que sabía; pero que parecían considerar a Chile como patrimonio suyo y que antes que verlo libertado por alguna persona que no fueran ellas preferían arruinarlo”. La referencia a la entrevista figura en una nota sin fecha del agente. William R Manning, op. cit., t. II, partes p. 1114.

[50] Hay dos notas reclamando el pago de los 4.000 pesos: Theodorik Bland a Juan Martin de Pueyrredón, Buenos Aires, 04-I04-1818, y John S. Skinner a Juan Martín de Pueyrredón, Baltimore, 05-06-1818, ambas en AGNA Sala X, 1-4-14.

[51] Harold F. Peterson, op. cit., p. 45, nota 18.

[52] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 128-129.

[53] Tomás Guido a José de San Martín, Santiago de Chile, 29-08-1818, en Argentina, Ministerio de Educación y Justicia, Instituto Nacional Sanmartiniano y Museo Histórico Nacional, Documentos para la historia del Libertador General San Martín, Buenos Aires, 1960, t. VIII, p. 204.

[54] Tomás Guido a José de San Martín, Santiago de Chile, 02-09-1818; en ibidem, t. VIII, p. 238.

[55] Tomás José de Urra a Tomás Guido, Santiago de Chile, 01-09-1818, en ibidem, t. VIII, p. 223-224. Subrayado en el original. Urra se comunicaba con Carrera a través de la mujer de éste, Mercedes Valdivieso, como queda claro en la nota de Antonio José de Irisarri al. Ministro de Estado en los Departamentos de Gracia y Justicia y Relaciones Exteriores, Buenos Aires, 12-01-1819, en Archivo Nacional [de Chile], op cit., t. III, p. 3.

[56] Hipólito de Villegas a Bernardo O’Higgins, Santiago de Chile, 27-11-1818, en La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, Documentos del Congreso de Tucumán, La Plata, 1947, p. 245-246. El mismo informe fue reproducido, con ligeras variantes ortográficas, en la Gazeta de Buenos Ayres, n. 102, 23-12-1818, de donde lo tomamos.

[57] Como lo determinaron Aníbal Ruiz Moreno, Vicente A. Risolía, Rómulo D’Onofrio, Aimé Bonpland. Aportaciones de carácter inédito sobre su actividad científica en América del Sud, Buenos Aires, 1955, p. 71. Véase el tenor de su denuncia en la p. 12 del folleto.

[58] Juan Martín de Pueyrredón a José de San Martín, Buenos Aires, 24-11-1818, en Argentina, Ministerio de Educación y Justicia, Instituto Nacional Sanmartiniano y Museo Histórico Nacional, op. cit., t. ICX, p. 221-222. “Cuidado con los franceses que haiga en esos ejércitos, y más con los sueltos y sin destino”. Un informe reservado de Gregorio Tagle a José de San Martín, Buenos Aires, 24-11-1818, en ibidem, t. IX, p. 223-224, amplía los detalles de la conspiración.

[59] Según el relato de Mercher, Young no ofreció resistencia. AGNA, Sumario indagatorio contra varios individuos franceses sobre proyectos de conspiración, 1818, Biblioteca Nacional, 514, p. 134.

[60] Juan Martín de Pueyrredón a José de San Martín, 02-11-1818, en Argentina, Ministerio de Educación y Justicia, Instituto Nacional Sanmartiniano y Museo Histórico Nacional, op. cit., t. IX, p. 299.

[61] El Redactor del Congreso Nacional, NI 43, Buenos Aires, 15-111-1819.

[62] Ibidem.

[63] Antonio Francisco Leloir a Juan Martín de Pueyrredón, Buenos Aires, 23-03-1819, en AGNA, Sala X, 1-4-6. Tampoco prosperaron los memoriales elevados por Leloir y un grupo de franceses al Congreso solicitando el indulto. Discutido el mismo día del fusilamiento, se concluyo que el asunto “no merecía entrar en su consideración”. El Redactor del Congreso Nacional, n. 45, Buenos Aires, 21-07-1819.

[64] Los dos últimos se unieron después con Carrera. ¿Indicio de que estaban efectivamente vinculados a la conspiración? Ignacio J. Camps, El general Carrera par Entre Ríos, en Historia, Buenos Aires, 1959, n. 15, p. 32-53.

[65] AGNA, Sumario indagatorio contra varios individuos franceses sobre proyectos de conspiración, 1818, Biblioteca Nacional, 514, p. 165.

[66] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 183. De parecer opuesto es Vicente F López, Historia de la República Argentina, Buenos Aires, 1926; t. VII, p. 326: “En Francia y en cualquiera parte de Europa en que hubieran cometido el mismo atentado, habrían tenido igual fin, ellos y todos los cómplices».

[67] Al registrar la goleta Betsy, procedente de Montevideo, que había anclado el 7 de enero, se encontraron publicaciones de la Imprenta Federal y, cosida en el forro del capote del sobrecargo, una carta de Carrera a su hermana Javiera diciéndole: ‘”tu hermano no es insensible a tus padecimientos, va a moverse, a ayudar a la salvación de la Patria, a vengar, y a vengarse”. Joaquín Pérez, op. cit., p. 100-101, nota 25.

[68] El Americana, N? 19, Buenos Aires, 6-V111-1819.

[69] Se ocuparon del tema, entre otros, Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 172-186; A. Zinny, Efemeridografia argirometropolitana hasta la caída del gobierno de Rosas, Buenos Aires, 1869, p. 139-142; Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, Buenos Aires, 1950, t. I, p. 460-463; Vicente F. López, op. cit., t. VII, p. 303-315 y 325-326; Diego Barros Arana, op. cit., t. XII, p. 75-78; Paul Groussac, Un complot de francais en 1818, en Le Courrier de la Plata, 25-03-1917; Julio C. Raffo de la Reta, op. cit., p. 234-253; Francisco Antonio Encina, op. cit., t. VII, p. 560-563; Daniel Hamnerly Dupuy, El naturalista Bonpland y la conspiración de Jose Carrera contra O’Higgins y San Martín, en Historia, Buenos Aires, 1958, n. 13, p. 83-94; Ernesto Fitte, Los franceses en 1818; del periodismo a la conspiracidn, Buenos Aires, 1966, p. 21-30; María Rosa Labastie, op. cit., p. 352-358.

[70] Véase la Segunda carts del ciudadano Jose Miguel Carrera a uno de sus corresponsales en Chile, [Montevideo], [1819].

[71] Carrera escribió el 07-08-1818: “El asesinato de mis hermanos ha hecho allí [Santa Fe] una impresión terrible. Me juran tomar -nuestra causa y me abren campo a proyectos capaces de llenar mi ambición”. Antonio Zinny, Historia de la prensa periódica de la República Oriental del Uruguay, 1807­1852, Buenos Aires, 1883, p. 178.

[72] “Yo creo que todos los masones están convenidos a vengar la muerte de. Carrera, que era hermano”, decía Miguel Zañartu a Bernardo O’Higgins, Montevideo, 23-07-1820, cit. por Ricardo Piccirilli, op. cit., p. 313.

[73] El título completo del folleto es Resumen documentado / de la / causa criminal seguida y sentenciada/ en el / Tribunal de la Comisión Militar de esta Capital / contra los reos /Carlos Robert, Juan Lagresse, / Agustín Dragumette, Narciso / Pachappe, y Marcos Mercher, / por el / delito de conspiración / contra las / Supremas Autoridades / de las / Provincias-Unidas, y de Chile en Sud-América / [bigote] / Imprenta de la independencia / 1819. En El Americano, n. 19, Buenos Aires, 06-08-1819 se anunciaba que “una persona de probidad y literatura está encargada de hacer un extracto del proceso, que oportunamente se publicara”.

[74] Benjamín Vicuña Mackenna, op. cit., p. 179 nota.

[75] Gregorio Tagle a Bernardino Rivadavia, Buenos Aires, 22-05-1819, en Buenos Aires, Universidad, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Investigaciones Históricas, Comisión de Bernardino Rivadavia ante España y otras potencies de Europa (1814-1820), Buenos Aires, 1933-36, p. 320.

[76] Gicquel des Touches al Ministro de Relaciones Exteriores; [s.l], [s.f.], cit. por Miguel Cané, La diplomacia de la revolución, Buenos Aires, 1960, p. 81-83.

[77] Pierre Marie Luco a [¿?], [s.l.], 04-08-1819, cit. por ibidem, p. 84-87.